Del Diario de Santa Faustina, 817
La confesión delante de Jesús.
Cuando reflexioné que hacia tres semanas que no me confesaba, irrumpí en
llanto, viendo la fragilidad de mi alma y ciertas dificultades. No me había
confesado porque así fueron las circunstancias:
Cuando había confesión, yo estaba en la cama aquel día. A la semana
siguiente la confesión fue por la tarde y por la mañana yo había salido al
hospital. Esta tarde, en mi habitación aislada entró el Padre Andrasz y se
sentó para que me confesara. Antes no dijo ni una palabra. Me alegré
grandemente porque deseaba muchísimo confesarme.
Como siempre revelé toda mi alma. El Padre me dio respuesta hasta a la cosa
más pequeña. Me sentía extrañamente feliz de poder decir todo. Como penitencia
me dio: Letanías del Nombre de Jesús. Cuando quería presentarle la dificultad
que tenia para rezar aquellas letanías, se levantó y me dio la absolución. De
repente un gran resplandor comenzó a salir de su persona y vi que no era el
Padre Andrasz sino Jesús. Sus vestiduras eran clara como la nieve, y
desapareció en seguida. Al principio me quedé un poco inquieta, pero un rato
después cierta tranquilidad entró en mi alma. Noté que Jesús confiesa como los
confesores, sin embargo, durante esta confesión mi corazón intuía extrañamente
algo; en un primer momento no logré comprender qué significaba eso.