Del Diario de Santa Faustina, 163
Deseo transformarme
completamente en Tu misericordia y ser Tu reflejo viviente, oh Señor. Que el
más grande de todos los atributos divinos, el de Tu insondable misericordia,
pase a través de mi corazón y mi alma hacia mi prójimo.
Ayúdame, oh Señor, para que
mis ojos sean misericordiosos, de modo que nunca sospeche ni juzgue por las
apariencias, sino que busque lo que es bello en el alma de mi prójimo y acuda
en su ayuda.
Ayúdame, para que mis oídos
sean misericordiosos, de modo que esté atento a las necesidades de mi prójimo y
no sea indiferente a sus dolores y lamentos. Ayúdame, oh Señor, para que mi
lengua sea misericordiosa, de modo que nunca hable negativamente de mi prójimo,
sino que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos.
Ayúdame, oh Señor, para que
mis manos sean misericordiosas y estén llenas de buenas acciones, de modo que
solo haga el bien a mi prójimo y tome sobre mí las tareas más difíciles y
fatigosas.
Ayúdame, para que mis pies
sean misericordiosos, de modo que me apresure a socorrer a mi prójimo,
venciendo mi propio cansancio y fatiga. Mi verdadero descanso está en el
servicio a mi prójimo.
Ayúdame, oh Señor, para que
mi corazón sea misericordioso, de modo que yo mismo sienta todos los
sufrimientos de mi prójimo. No le negaré mi corazón a nadie. Seré sincera
incluso con aquellos que, lo sé, abusarán de mi bondad. Y me encerraré en el
Corazón misericordiosísimo de Jesús. Soportaré mi propio sufrimiento en
silencio. Que Tu misericordia, oh Señor, repose sobre mí.
+Tú mismo me mandas
ejercitar los tres grados de la misericordia. El primero: el acto de
misericordia, de cualquier tipo que sea. El segundo: la palabra de
misericordia; si no puedo llevar a cabo una obra de misericordia, ayudaré con
mis palabras. El tercero: la oración; si no puedo mostrar misericordia con
hechos ni palabras, siempre puedo hacerlo mediante la oración. Mi oración llega
incluso allí donde no puedo llegar físicamente.
Oh Jesús mío, transfórmame
en Ti, porque Tú puedes hacerlo todo